Aunque ya había tenido la suerte de ver un par de veces antes la versión reducida del directo de “Himno Vertical”, intuía que el formato para teatros iba a completar lo que el disco transmite y cambia tanto la experiencia entre ambos directos que parecen corresponder casi a dos discos distintos. La propuesta teatral tiene una narrativa circular, como el círculo de la portada, como el ciclo de la vida. Es muy pausado en el inicio, algo revolucionario y transgresor en estos tiempos, profundo y sobrecogedor. Así lo recibe el público, en un silencio respetuoso que no admite ni una tos.
Está lleno de imágenes poéticas que subrayan unas letras que nacen de la necesidad. La luz que viene de arriba, que cae y te toca, como baja la mano en la “Teresa” de Paula Ortiz. El nudo en esa soga que Rocío manipula al tacto y que a mí me recordó a lo que en el pueblo llaman “aquello que pasó” o “lo que hizo aquel chico”, se cumple casi un año del hecho que hizo que cambiase el significado de todas las canciones de Robe que iba escuchando en el coche camino de Barcelona.
En el disco, tras el chisporroteo inicial (crepitar de pensamientos), se suceden silencios, finales bruscos, voces y susurros, saltos, palabras que acarician, dudas, sospechas, arrepentimientos y esperanzas. Tiene un sonido íntimo, un ambiente de cercanía, como si ella estuviera cantando en la plaza del pueblo y a él le tuvieras tocando sentado con un ampli junto a la chimenea, el conjunto conforma una emoción inevitable. El disco, premio MIN al mejor disco de flamenco, habla de lo que parece y no es, lo que dice el aire, lo que nos queda, la memoria.
A mí los dictados me recuerdan siempre a la Joana, empezaba sus clases de catalán muy a menudo con su mítico “avui farem un dictat” dicho con entusiasmo como si fuera la primera vez que lo propusiera, como si esperase ser capaz de sorprender a cada alumno con una iniciativa tan recurrente.
Rocío está poniendo más atención en el resto de aspectos escénicos que afectan al directo desde “Tercer Cielo”: iluminación, objetos con los que interactúa, vestuario, movimientos que ella va llevando a cabo a lo largo del concierto. En “Himno Vertical” aparece como una sombra al acecho, surgiendo del pensamiento de Pedro Rojas Ogáyar y hacia el final acaban ambos configurando una estampa propia de Julio Romero de Torres. El concierto es un homenaje, un acto de gratitud y algo que tendría que verse siempre como si fuera la primera vez.